20070807

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10. ¿Quién se equivocó?

Imaginemos que estamos en 1990.

Guillermo y Matías no se conocen, pero tienen varias cosas en común. Ambos nacieron en Argentina, ambos tienen la misma edad, ambos dicen amar a su país, ambos poseen una pequeña fortuna, ambos disfrutan del fútbol criollo, ambos son afectos al dulce de leche, a los alfajores marplatenses, al mate bien cebado y a los buenos asados.

Después del patético final del gobierno de Alfonsín, de la hiperinflación, de las esperanzas incumplidas, del vacío institucional, de la excelente retórica pero pésima administración radical ("Con la democracia se come, se educa, se cura"), después de las claudicantes "Felices Pascuas, la casa está en orden", después de ese sentimiento de país a la deriva, surge una nueva esperanza llamada la Era de la Convertibilidad, con la promesa de un nuevo país con moneda fuerte, con estabilidad, con un futuro predecible y con atisbos de primer mundo, en el que cada uno iba a poder "proyectar su futuro".

Guillermo lo creyó y apostó a ese nuevo país. A una nueva Argentina, justa, solidaria, ética, confiable...

Y como siempre había leído y escuchado que "la clave de la transformación social, política y moral de una sociedad está en la educación", decidió poner su granito de arena por su patria y construir un colegio, diseñando un proyecto pedagógico de avanzada, acorde con las expectativas que despertaba un mundo en constante cambio.

Matías por su parte, que no había sido educado en conceptos tan idealistas como los de patriotismo, sentido de pertenencia, amor al país, e identidad nacional, siguió con sus actividades empresariales familiares, pero no reinvirtió un solo peso ni se modernizó.

Simplemente continuó manteniendo su fortuna en una cuenta off-shore de un banco extranjero ubicado en Bahamas, y mes a mes fue girando remesas de dólares fruto de las utilidades de su empresa comercial.

Guillermo, con toda su economía en blanco, nunca dejó de ser hostigado por la AFIP (Administración Federal de Ingresos Públicos), ya que es uno de los escasos doscientos mil grandes contribuyentes que cumple con sus obligaciones impositivas, y como es de los que pagan, obviamente está registrado y constantemente "bajo la lupa".

Matías, con buena parte de su economía en negro, no sufrió nunca el acoso de la AFIP, precisamente por ser uno de los millones de empresarios que siempre se las ingeniaron para eludir al fisco: con empleados en negro, con doble contabilidad, y como sea.

Hacia 1997, cuando las cosas comenzaron a complicarse económicamente, Guillermo decidió redoblar su esfuerzo, y solicitó un crédito bancario para seguir adelante con el colegio, mantener el nivel de sueldos y apostar al crecimiento de la población escolar.

Matías en cambio, decidió trasladar su empresa a Brasil, donde tenía una serie de ventajas impositivas y menores complicaciones en materia laboral, en un país que no tiene como Argentina tantas "conquistas sociales". Se las ingenió para que el traslado a tierras cariocas significara la menor erogación posible, eludiendo con un sutil vaciamiento empresarial, las demandas de sus operarios que tras cartón, se incorporaron a la creciente fila de los nuevos desempleados argentinos.

Desde 1999, Guillermo tiene una gran preocupación, porque ve con angustia cómo esa Argentina soñada, se desdibuja día a día.

Uno tras otro, al igual que innumerables pequeños y medianos emprendimientos, los colegios privados también van desapareciendo.

Nada le garantiza que él no vaya a ser el próximo en caer: los padres están cada vez más complicados en sus economías, y la única fuente de recursos con que cuenta el colegio son los aranceles que abonan las familias.

La población de la escuela va mermando en vez de crecer, debido a la diáspora: padres que se van a vivir al extranjero y padres que cambian a sus hijos a colegios públicos, porque no pueden afrontar el costo de una escuela privada de excelencia como la de Guillermo.

Desde 1999, Matías tiene otras preocupaciones. Luego de apelar a sus ancestros y tramitar la ciudadanía de la Comunidad Económica Europea, las terribles discusiones con su esposa e hijos son sobre dónde irse a vivir: si Ibiza o Florencia o Miami.

Mientras tanto, y para calmar los nervios familiares, sus dólares siguen creciendo en el banco off-shore en una cartera sabiamente administrada por su eficiente e informado encargado de cuenta.

A fines de 2001, Guillermo, como tantos argentinos que echaron sus raíces en Argentina y apostaron a su país, se encuentra ante una nueva injusticia: el dinero que tenía el colegio para afrontar parte de las erogaciones salariales del verano, le es retenido por un nuevo invento: el "corralito".

A fines de 2001, Matías tiene nuevas oportunidades de negocios. Sus dólares, seguros fuera del país, no están acorralados en Argentina. Pero sabedor de que "crisis equivale a oportunidad", alquila una pequeña oficina en el microcentro porteño y pone una mesa de dinero semiclandestina, donde compra y vende dólares, ofrece dinero en efectivo a cambio de dinero del "corralito", previo acuerdo que desde luego linda en la usura.

También usurariamente presta dinero a gente que apuesta al país con sus microemprendimientos y no tiene otro remedio que hipotecar su propia casa para salir de la crisis.

Mucha gente, desesperada, ante la incertidumbre que le plantean gobierno y entidades bancarias, se desprende del dinero del "corralito", de parte de sus ahorros de toda una vida de trabajo, para percibir de Matías una cifra significativamente inferior. A los otros no les va mejor. Imposibilitados de levantar la hipoteca debido a los altos costos del dinero prestado, terminan perdiendo sus viviendas en manos de Matías.

En 2002, Matías y Guillermo están viviendo dos realidades diametralmente opuestas.

Matías, que finalmente vendió su fábrica brasileña, incrementó notablemente su patrimonio en dólares y tiene una importante cantidad de inmuebles frutp de sus leoninos préstamos hipotecarios.

Guillermo en cambio, tiene una deuda con el banco (que por otro lado ha sido el único que ganó con el colegio en los últimos ocho años), y como en el verano el "corralito" le secuestró su propio dinero y no pudo afrontar pagos de salarios, algunos docentes avalados por avezados abogados especialistas en carroña, le iniciaron demandas por "considerarse despedidos", demandas en las cuales le reclaman al colegio el oro y el moro, apoyados por leyes laborales argentinas que favorecen decididamente a los empleados y colocan a instituciones como su escuela en un absoluto estado de indefensión jurídica.

Diez años atrás, ambos tenían una pequeña fortuna.
Hoy, la realidad de Guillermo está poblada de problemas, angustias, ingratitudes, demandas, juicios laborales, y deudas y juicios impositivos e hipotecarios que se acrecientan día a día, terminando por quebrantar su salud y su esperanza de un país distinto.

Si Argentina sigue su estrepitosa caída, si los padres del colegio siguen deteriorándose en sus economías, y si cada vez son menos las familias que pueden acceder a una educación de excelencia, el colegio de Guillermo será tarde o temprano y muy a pesar de su propuesta de excelencia y sus logros académicos, uno más de los ochenta y tantas instituciones educativas porteñas que habrán caído en estos cuatro años de recesión, junto a miles y miles de PyMes, en esta tierra de las promesas incumplidas.

De ser así, no sólo habrá perdido Guillermo y su familia aquella pequeña fortuna de 1990, sino también sus ilusiones, sus sueños e ideales.

La realidad de Matías muestra un futuro acomodado, en el que su pequeña fortuna de 1990 se ha transformado ahora en un importante patrimonio, varias veces millonario en dólares.

Su único drama es no haber decidido aún si quedarse o irse a vivir afuera. Quizás afuera sea mejor. No tendría por empezar, que vivir rodeado de custodios. Pero a pesar de los riesgos que generaron sus actividades usurarias, y más allá de los reclamos de mujer e hijos de vivir en algún lugar del primer mundo, lo seducen las posibilidades que le ofrece este gobierno tan contradictorio, con tantas idas y venidas, con un dólar que en cualquier momento se va a cinco pesos, preanunciándole nuevas y excelentes oportunidades de negocios para seguir especulando, esquilmando a gente desesperada, y acrecentando su riqueza...

Guillermo, al borde de la ruina, dice amar a su país y ha sido fiel a sus ideales.

Matías lleno de dinero, dice amar a su país, y ha sido fiel a sus ideas.

¿Quién se equivocó?

Mayo 2002

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