Si quince años atrás me hubiera pasado lo mismo que me sucedió hace unos días, seguramente mi estado de ánimo sería terrible: estaría furioso, con una bronca incontenible, y lamentando permanentemente el hecho y sus consecuencias: la pérdida de algo muy valioso tanto en afectos como en lo económico.
Sin embargo, me pasó en 2004, y mi estado de ánimo -paradójicamente- es de alegría.
Estoy contento simplemente porque sólo me robaron el reloj y se rompieron mis anteojos.
¿Qué hubiera pasado si hubiera podido esquivar la trompada y luchado contra el asaltante? ¿Y si éste estaba armado y drogado?
Y si yo lo hubiera dominado y respondido a su agresión... ¿Qué hubieran hecho los otros tres secuaces que lo esperaban sobre la vereda de enfrente, en dos motos -encendidas- dispuestas a salir a contra mano?
Estoy feliz porque no me hirieron de gravedad, porque no me mataron.
Había ido con mi madre a comprar al supermercado, estacioné el auto, y cuando estaba con las manos ocupadas con las bolsas apareció por detrás un individuo que se abalanzó sobre mí y cuando giré sorprendido, me dejó medio grogui con una trompada en la cara que no alcancé a esquivar del todo, cayéndome en la calle con él encima, hasta que logró arrancarme, de un violento tirón, mi reloj de acero.
En el ínterin, mi mamá, de setenta y cinco años y con un marcapasos, se tiró sobre el arrebatador mientras gritaba a viva voz, alertando a los vecinos que iban apareciendo.
Esa acción temeraria de mi madre y la presencia de gente que se acercaba, hizo que el sujeto abandonara su intento de seguir buscando más cosas para robarme, incluyendo el buzo que tenía puesto y no pudo sacarme. Esto que relato en varios renglones, duró unos escasos segundos.
Recordar el episodio a la luz de las consecuencias, hace quince años, me mortificaría. Hoy me produce alivio porque estoy vivo. Esta diferencia de sensaciones es la medida exacta del clima de inseguridad que se vive en Buenos Aires.
Los medios de comunicación muestran las facetas de la inseguridad: una empresa fabricante de puertas blindadas promociona en "CNN en español" su producto apelando al miedo, diciendo el locutor, a la par que se muestra un cómic con asaltantes dentro de una casa: "Usted puede ser la próxima víctima si no instala una puerta de seguridad marca tal" La pantalla de Crónica TV abunda diariamente en títulos escritos en letras catástrofe de color blanco sobre fondo rojo cosas tales como "Fusilaron a un vecino que se resistió a ser asaltado".
Títulos que no son ajenos a ningún argentino, porque algún familiar, conocido o él mismo, ha sido víctima de la inseguridad en que se vive.
Cualquiera está potencialmente en riesgo de ser asaltado, robado, secuestrado o asesinado. Alguien, irónicamente, ha dicho que vivir en el siglo XXI es una propuesta obligada de ser protagonistas de "turismo aventura", porque uno no sabe lo que le puede pasar en los próximos minutos.
Este tipo de inseguridad se ha incrementado de modo alarmante en la Argentina del default. Esta inseguridad va de la mano de la degradación cultural y educativa, de la pobreza extrema y del desprecio por la vida humana.
Argentina es un país que, si bien presenta en los últimos tiempos variables macroeconómicas interesantes y un buen nivel de recuperación, está aún lejos de ingresar en la senda del crecimiento sostenido, de la mayor calidad de vida para su población, y la inseguridad junto a la corrupción estructural, son quizás los más brutales termómetros para medir la realidad.
Es verdad (y en hora buena) que el crecimiento del nivel general de empleo y desempleo en el último año ha sido muy fuerte porque se han creado más de un millón de puestos de trabajo.
Es verdad que se ha superado el pactado superávit fiscal primario acordado en el 3%; es verdad que ha crecido el nivel de actividad económica de un modo impresionante, pero también es cierto que se vive en un equilibrio inestable por razones propias y ajenas.
Por un lado la posibilidad real de que se incremente el precio de la nafta, de que no exista un suministro adecuado de gas, con las consecuencias lógicas que esto causaría en la economía familiar y de las empresas; de que el boom de la soja está supeditado a la actitud de los compradores (por caso China está desacelerando su crecimiento), y signifique problemas a futuro (monocultivo y falta de productos exportables con alto valor agregado)
Por el otro, una variable que no maneja Argentina: el alza de la tasa de interés internacional que puede provocar el aumento del costo de vida, disminución del empleo, y una mayor desaceleración de las inversiones extranjeras, que actualmente están en toda Latinoamérica en uno de los niveles más bajos desde 1998.
Ni hablar de la deuda externa y de la deuda social interna, que es la parte del iceberg que ahora empieza a manifestarse, por ejemplo, con la mayor falta de seguridad.
Otro dato interesante es que Kirchner gobierna con un estilo muy particular, con un minucioso control de los medios de comunicación en cuanto son los formadores de opinión, e implementando en su estilo de conducción algo que lo emparenta con otros ex mandatarios: la utilización del recurso de generar innumerables decretos de necesidad y urgencia a pesar de contar -el justicialismo- con mayoría en el Congreso.
Y aunque suene tirado de los pelos, si hurgamos entre las causas de esta inseguridad en Argentina, el Fondo Monetario también tiene su parte de responsabilidad al favorecer durante una década el desastre que sobrevino después de haber apoyado por acción u omisión el endeudamiento externo a altas tasas de interés, una distribución en absoluto equitativa del ingreso, y por no haber supervisado el destino de estos préstamos en un país en el que se fue destruyendo la industria nacional y se mal administró con un gasto público desmedido que contribuyó al default y la bancarrota después de la fiesta menemista.
La inseguridad en este nuevo siglo es un dato más de la realidad, una característica que se observa en un mundo convulsionado por diversas causas. Argentina ingresó en la década pasada en otro tipo de inseguridad: la inseguridad masiva y globalizada. El atentado a la Embajada de Israel y a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), incorporó de manera brutal a nuestro país en esta eterna lucha entre dos concepciones de la vida y del mundo que quizás se remonten a tiempos pretéritos, batalla de Lepanto incluída. Como dije, el ingreso de Argentina al contexto de la inseguridad global mundial fue un macabro preludio al 11 de septiembre en Nueva York.
La política llevada adelante tanto por el gobierno encabezado por George Bush como por el del primer ministro israelí, Ariel Sharon, es no sólo de respuesta a las agresiones, sino de la "toma de iniciativa" en lo que se ha dado en llamar con nuevas terminologías como "guerra preventiva" y "efectos colaterales no deseados", entendiéndose por estos últimos, por ejemplo, el ataque indiscriminado de helicópteros israelíes contra una manifestación de civiles palestinos desarmados, la demolición de hogares de inocentes en busca de túneles tan creíbles como las armas de destrucción masiva que aún no se han encontrado ni encontrarán y fueron el justificativo de la invasión a Iraq, o el bombardeo a una fiesta de casamiento con el saldo de más de cuarenta palestinos muertos.
¿Qué sentimiento pueden tener esta gente hacia Israel y EE.UU. sino el del odio más recalcitrante?
Mientras haya marginación, pobreza extrema, y "guerras, ocupaciones e invasiones preventivas" con muerte de inocentes, toda política de seguridad que se quiera implementar en el mundo, será siempre vulnerada y fracasará estrepitosamente.
Este mundo globalizado por los medios de comunicación recibe al instante en imagen y sonido todo lo que pasa, toda la violencia del lugar de donde provenga, ya sea la de los que con diecinueve pasajes de avión, recipientes con gas de defensa personal y unos cuchillos de cortar cartón, provocaron la ominosa masacre de las Twin Towers, como la violencia injustificable de muerte de inocentes en la ocupada Iraq o en los campos de refugiados de Gaza.
No por nada el nivel de apoyo y credibilidad a la gestión Bush (41%), está en su nivel más bajo desde que asumió la presidencia.
No por nada Bush redobla la apuesta e instala el concepto de miedo e inseguridad como un argumento poderoso para que el pueblo norteamericano siga apoyando esta acción bélica que contribuye a que el mundo sea día a día cada vez más inseguro.
La mayor amenaza que enfrenta hoy occidente es la posibilidad de un ataque con armas de destrucción masiva: químicas, biológicas o nucleares.
La destrucción masiva fue un "recurso" iniciado en las guerras mundiales, y alcanzó su paradigma en Hiroshima y Nagasaki.
Se estima -por ejemplo- que en Vietnam se arrojaron sistemáticamente, en más de seis mil misiones aéreas, más de setenta millones de litros del "agente naranja", un herbicida con dioxina, que es un compuesto cancerígeno que puede permanecer activo durante décadas.
Y lo más terrible es que Bush tiene razón.
La posibilidad de un ataque masivo en el propio territorio estadounidense se ha comprobado que es una realidad que avala el sentimiento de inseguridad.
Parece ser que Abdul Qadeer Khan, pieza clave para que Pakistán cuente con armas nucleares, desarrolló una organización multinacional que fabricaba bombas atómicas.
Además, ¿cuál ha sido el destino de las bombas y del recurso humano, el know how que fabricó las bombas nucleares en la ex Unión Soviética?
¿Cuál fue el destino de las dos barras de combustible nuclear de un reactor que desaparecieron hace un tiempo en Vermont (EE.UU)? ¿En dónde están los cientos de misiles de largo alcance ucranianos que existían antes del colapso del comunismo ruso? ¿En dónde está y qué estará planificando Bin Laden?
Con mi amigo el desaparecido, pero siempre presente,
filósofo argentino Jaime Barylko, solíamos hablar de los valores humanos. Y él me hacía notar que la palabra "disvalor" no existe, y por ende no figura en el diccionario de la Real Academia Española.
Lo que existen son los valores humanos, positivos o negativos. Por eso siempre insisto con mis alumnos que cuando hablamos de valores humanos debemos decir "valores humanos positivos".
Me llevó cinco años estudiar y saber cuáles son los valores humanos positivos, a través de comparar distintas visiones del mundo, religiosas o no, pero sustentadas todas en la ética, para llegar a la sencilla conclusión de que existe un solo valor humano positivo del cual se desprenden otros tres, de los cuales derivan todos los demás valores humanos positivos.
Y ese valor, antítesis de la violencia que lleva a la inseguridad, es el amor. También es amor el perseguir la rectitud, la búsqueda de la verdad, y el bregar por la paz. De estos cuatro valores humanos positivos (Amor, Paz, Rectitud, Verdad) surgen todos los demás.
Si todos los humanos nos manejáramos con estos cuatro valores, otro sería el presente del mundo, otro el accionar de la ONU, otro el accionar de los países hegemónicos, otra la realidad de los países emergentes, otra la calidad de vida de la gente.
Mientras la violencia de arriba o de abajo, justificable o no, sea el parámetro y la herramienta para resolución de problemas, el futuro seguirá siendo cada vez más impredecible y el mundo más inseguro. La violencia engendra violencia, y el amor, amor.
Es la eterna dicotomía que signa la historia de la especie humana, sus más grandes logros, y sus más terribles fracasos: Eros -Thanatos, Vida - Muerte.
Y mientras los que manejan los hilos del mundo prefieran Thanatos a la solución pacífica de los conflictos, asumamos que nuestro futuro y el de nuestros hijos estará signado por todo tipo de inseguridades.
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33. El país que no fue
Los nervios me impidieron seguir frente al televisor para seguir viendo el segundo tiempo. Es que empezó para el infarto: a los veinte segundos, el árbitro expulsa a Vargas, y a los pocos minutos, llega el tremendo patadón de Lucho González, y con él, el empate de River.
Por eso fui a mi escritorio, encendí la computadora y me puse a jugar on-line al scrabble. De todas maneras se escuchaba nítidamente la voz del relator desde algunos de los televisores o radios encendidos -por cábala- en toda la casa.
En un momento me percaté que me encontraba trilocado; esto es, en tres lugares a la vez.
Estaba en www.cyberjuegos.com jugando a las cruzadas con una española de nick “Arantxa”, también estaba acompañando con el sentimiento a un grupo de jugadores xeneizes que -por decisión de Castrilli- estaban solos frente a setenta mil simpatizantes millonarios, y por esas cosas de la mente que no está sujeta a atadura de ningún tipo, también me había transportado a mi niñez, a partir de una pregunta que me había hecho a mí mismo, surgida de la combinación de una palabra escrita en el scrabble, y del partido de fútbol que antes veía, y ahora sólo escuchaba. La palabra escrita horizontalmente en el tablero por Arantxa era “país”.
País. Nuestro querido país. Ese país que pudo ser y no fue. Este país que es como ahora es y que nos duele por estar como está.
Esa Argentina que tantos quisieran que cambiara, que tuviera un futuro predecible, expectativas ciertas de estabilidad y progreso.
Una Argentina ideal a la que todos volverían de buen gusto, porque la mejor posibilidad de bienestar económico en el extranjero, no siempre compensa la nostalgia, las salidas con los amigos del barrio, los asaditos del fin de semana, y ese “no sé qué” que solo se encuentra en la patria lejana.
Porque por más que se consiga yerba mate, dulce de leche, alfajores o tiras de asado en alguna carnicería, en Europa o EE.UU., no es lo mismo.
Todos, los que estamos acá o allá, añoramos un país seguro, culto y educado, con un sistema de salud digno. Una patria que nos enorgullezca, y que no esté en los esporádicos titulares de los diarios internacionales sólo por noticias catastróficas. Todos deseamos que nuestro país recupere las características de progreso que alguna vez tuvo, y que irremediablemente perdió, y que vaya uno a saber cuánto tiempo pasará para que vuelva a tener.
Y la pregunta que me hice fue “¿Por qué soy hincha de Boca Juniors?”
Automáticamente vi al chico que fui, jugando a la pelota en el patio del colegio salesiano de Mar del Plata.
En esa época, y debido al inevitable exitismo infantil, hubiera sido inconcebible que fuera de River como mi tío Luis, o de San Lorenzo, como mi tío Coco o de Independiente, el club de mi papá.
De hecho son muy pocos los argentinos que se hicieron hinchas del club de Núñez durante los 18 largos años que van desde 1957 hasta 1975 y en los que el título de campeón nacional le fue iteradamente esquivo.
En cambio, Boca siempre daba satisfacciones, y en el colegio, al comentarse los éxitos del domingo anterior, el camino a ser hincha de Boca era un camino expedito y sin escollos: Campeón en 1962, 1964, 1965, 1969.
Era el Boca de Roma, Simeone, Rattín, el Tanque Rojas, Rojitas y Paulo Valentim.
Era la época de los chupetines “ChupeTucho” y de las figuritas “Fulbito”, cuyo álbum logré completar, y así pude tener la ansiada pelota número 5 de cuero.
La década del sesenta era para esos niños que éramos, pletóricos de vida e ilusiones, una década promisoria de tiempos mejores.
Habíamos comenzado con un presidente constitucional elegido democráticamente, y su Ministro de Economía y de Trabajo (cuya pequeña hija no sabía entonces que iba a posar semidesnuda en un hebdomadario de circulación masiva y más tarde terminar en la cárcel por no poder demostrar que su enriquecimiento “no fue ilícito”), nos decía que debíamos ajustarnos el cinturón y que “había que pasar el invierno”, para acceder a una mejor Argentina, a un futuro próspero para todos.
La presencia de la cultura norteamericana seguía tan vigente como desde la misma irrupción mundial de Hollywood con su industria cinematográfica, y si bien no habían nacido ni Brad Pitt ni los fantásticos films de Steven Spielberg, se apreciaban en la pantalla grande “Amor sin Barreras”, “Lawrence de Arabia” o “My Fair Lady”, y a artistas de la talla de Sofía Loren, Rex Harrison o Julie Andrews. Pero había una diferencia sustancial con esta Argentina defaulteada y mediocre del nuevo siglo: el folclore nacional brillaba en todo su esplendor, y no había chico que no tuviera su guitarra para entonar las nuevas zambas y chacareras que brotaban como agua de manantial: “Trago de Sombra, Guitarrero, Puente Pexoa, Sapo Cancionero…”
Y si bien los discursos de nuestros padres y maestros eran los mismos, en el sentido de que su generación “había fracasado” y ya no vería a la “nueva Argentina”, el mensaje era que “ya llegarían tiempos mejores”, y que en nosotros, que representábamos el futuro, estaba depositada la esperanza de una Argentina mejor. ¡Cómo se equivocaron!
La realidad es que, a la distancia, sin haber imaginado nuestros docentes y progenitores lo que vendría, la vida que vivimos en los sesenta, hoy suena a paradisíaca. Más allá del “Club del Clan” y los inviernos de Alsogaray, y gracias a los Beatles, el “flower power”, al amor a la patria, y a una estabilidad económica y un futuro inmediato mucho más predecible que el actual. Era la época en que se podía ahorrar y un argentino medio podía cambiar todos los años su auto, entre los que ofrecía IKA (Industrias Kaiser Argentina)
Estábamos más educados, había atención hospitalaria de muchísima mejor calidad, había más respeto entre la gente, más cuidado por los espacios públicos, quizás mayor solidaridad, y teníamos un presidente (Arturo Frondizi), que según los expertos de hoy, fue el mejor presidente que tuvimos los argentinos: un verdadero estadista, con un equipo que diseñó un verdadero plan estratégico, que se preocupó y ocupó en desarrollar el país más allá de la complejísima coyuntura interna y externa, hasta que los golpistas de siempre se lo permitieron.
La expansión industrial que propuso el desarrollismo logró incorporar tecnología y capital extranjero, lo que permitió la evolución de la industria pesada y semipesada y del aparato productivo.
Una Argentina con industrias de bases, con PyMEs florecientes y un febril desarrollo fabril, que se extendió con sus vaivenes a lo largo de toda la década, más allá de que en 1962 un golpe militar acabara con la presidencia de Don Arturo (Frondizi), como lo volvería hacer en el '66 con el otro Arturo (Illia).
La picardía del mellizo Guillermo me trajo al presente. El grito de mi hijo menor me acercó al televisor para ver cómo el pretexto de los proyectiles arrojados por la hinchada, le sirvieron a Barros Schelotto para enfriar el partido y calentar a los de River, con Hernán Díaz a la cabeza.
Entonces se sucedieron ocho minutos para el infarto cardíaco masivo y la muerte súbita: amarilla al mellizo, Rojas que se va lesionado, Astrada que se apuró en hacer los cambios y no puede reemplazarlo, Sambuezza (versión vernácula de Pee Wee Herman), que insulta al linesman Taddeo y por eso es expulsado, el gol de Tévez, la expulsión de Tévez.
Otra idea disparatada me vino a la cabeza: ¿cómo sería hoy un Boca-River como el que se estaba jugando, si se hubiera concretado la esperanza de nuestros mayores de los sesenta de una Argentina próspera, y después de cuarenta años de crecimiento sostenido, en vez de una nación emergente y periférica que exporta jugadores, fuera hoy un país del primer mundo que importa jugadores como España o Italia? Imagine el lector, un Boca-River con los jugadores de ambos equipos que migraron al fútbol europeo, más el refuerzo, por ejemplo de Zinedin Zidane, Henry, Ronaldo y Ronaldinho.
Pero la realidad es otra.
País de contradicciones profundas, Argentina parece no tener la capacidad de generar instancias superadoras de las continuas antinomias que se dan desde su misma gestación, y que retardan su siempre postergado camino de progreso: morenistas o saavedristas, unitarios o federales, azules o colorados, peronistas o antiperonistas, Alfonsín o Menem, De La Rúa o Chacho-Alfonsín, Menem o Duhalde, y ahora, para no ser menos, Duhalde o Kirchner, que en vista de la conquista del poder en la estratégica provincia de Buenos Aires (decisivo terreno de batalla de la pretendida contienda ente la vieja y la nueva política), parece ser que cada hueste cuenta con sus propios piqueteros: los piqueteros kirchneristas de D'Elía, y según el propio D'Elía, los piqueteros duros de Castells, que son funcionales a Duhalde para desestabilizar el poder que se ha sabido construir Kirchner, desde el tibio 22% de votos presidenciales, hasta el actual 84% de aceptación por parte de la opinión pública.
¿Hasta cuándo durará este idilio del electorado con Kirchner?
A nadie le conviene que a Kirchner le vaya mal, salvo a quienes alientan la esperanza de convertirse en presidente de los argentinos del post-kirchnerismo.
Si el país crece, si ese crecimiento se evidencia en la calidad de vida de la gente, si se empieza a ver que además de la tarea permanente de crear poder, se piensa en el país de los próximos 5, 10 y 15 años, si se ve que se planifica estratégicamente, la confianza en Kirchner se mantendrá firme y sostenida.
Si se persiste en cierta adolescente actitud de rebeldía setentista y no se gobierna con reformas de base y planes de desarrollo estratégico y bienestar que involucren a la totalidad de los argentinos, se habrá tendido nuevamente como con los anteriores presidentes de esta democracia tan magra en resultados, a repetir los errores del pasado, logrando nuevamente la paradoja y el triste mérito de que un “futuro mejor” lo hayamos tenido en algún momento del pasado.
Como tantos argentinos, crecí escuchando en mi infancia, adolescencia y vida adulta, que “ya vendrán tiempos mejores”.
Pero la dolorosa realidad es, que con el correr de los años, cada vez estuvimos peor.
Por eso la diáspora, por eso tanta desesperanza, por eso tantos argentinos buscando nuevos horizontes en países más creíbles, por eso tantos argentinos que se destacan en otros lados y añoran la posibilidad de volver a su patria cuando la misma ofrezca signos inequívocos de que las cosas han definitivamente cambiado para bien.
Ojalá que Kirchner no sea más de lo mismo, su discurso de cambio se concrete en la realidad, y la política clientelista y prebendaria no se lo fagocite al tener que pactar con ella para poder sostener la gobernabilidad.
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34. Reflexiones del maestro
“Todos somos culpables, pero si hubiera que repartir responsabilidades, las mayores caerían sobre las clases dirigentes. ¡Si resurgiera San Martín, caparía a lo paisano a varias generaciones de mandantes!”
René Favaloro
Favaloro nos dejó un maravilloso ejemplo de vida: honestidad, trabajo con pasión, esfuerzo y sacrificio sin límites, cultivo activo de la ética, humildad, trabajo en equipo, sacrificio de lo individual en beneficio de lo colectivo, sensibilidad social y respeto por la verdad. Pero lo más patético de su entrega fue que, por la inoperancia del Estado, por la mediocridad de nuestros políticos, terminó dejándonos también un terrible ejemplo de muerte.
Una característica fundamental de su personalidad, y que obviamente era absolutamente diferente de la mayoría de nuestros connacionales, era su voluntad de “hacerse cargo” de su cuota parte de responsabilidad como integrante de la sociedad. Por lo general, el argentino es individualista, piensa en sí mismo y sólo reacciona cuando siente un perjuicio personal, más por interés propio que por ser integrante de la comunidad nacional.
El concepto de “trabajar hasta el sacrificio” no existe en su código de vida. Un código que sí tenían los próceres fundacionales de nuestra patria.
El Congreso fue ámbito para las coimas, la corrupción, el mirar para otro lado, mientras se convalidaba la aprobación del despojo del patrimonio nacional. Debía haber sido el ámbito del debate de las ideas, la caja de resonancia de las demandas de la sociedad.
Pero en los noventa nadie discutía las políticas de Estado, y mientras las fábricas desaparecían, en el país del trigo llegamos, por ejemplo, a ingerir galletitas fabricadas en Grecia.
Hoy en día, como ya se vendió todo, el mismo Congreso en donde aplaudieron con entusiasmo la entrada en default, la quiebra del país, ahora es una estructura vacía, de pasillos desiertos, en donde nada importante sucede por que no tiene agenda propia, y porque el estilo K no necesita del aval de los congresistas para seguir construyendo poder.
“Si no estamos dispuestos a comprometernos a luchar por los cambios estructurales que nuestro país y toda Latinoamérica demandan -principalmente en educación y salud- seguiremos siendo testigos de esta sociedad injusta donde parece que el tener y el poder son las aspiraciones máximas”.
René Favaloro
En el plano de lo teórico, quien sigue la carrera política lo hace con los nobles sentimientos de servir al pueblo, de poner su esfuerzo y su pasión cívica en beneficio de la sociedad, de su progreso y desarrollo, de su mejor calidad de vida. En el plano de los hechos, los políticos dedican sus esfuerzos a construir poder, a permanecer en el poder, mientras incrementan a discreción su patrimonio personal. Y si hacen lo contrario, no se nota, a juzgar por los resultados.
La democracia como sistema es maravillosa, pero en manos de incompetentes sus logros no existen y, muy por el contrario, su mal uso nos conduce a la degradación social, a nuestra desaparición como nación.
En los últimos cuarenta años, Argentina viene cayendo por una pendiente, y en su caída han contribuido todas las expresiones de la política y el poder vernáculos: dictaduras, radicales, peronistas, aliancistas. Todos han contribuído eficientemente a la debacle nacional.
El radicalismo, que inauguró este frágil período democrático de veinte años, surgió con impensado ímpetu de la mano de Alfonsín, recitando el Preámbulo Nacional y con la bandera de la ética como alternativa a los manejos corporativos del peronismo y terminó siendo tan corrupto y prebendario como aquél a quien pretendía combatir.
Unos y otros han tenido como principal preocupación la pelea por cargos, por porciones de poder, por bancas de diputados y senadores y por el uso clientelístico por parte de caudillos y punteros barriales de los recursos nacionales, desde las famosas Cajas del PAN (Plan Alimentario Nacional) hasta los actuales mal llamados Planes Trabajar.
Porque de eso se trata -para la mayoría de ellos- la política de “hacer caja” y de perpetuarse en el poder.
¿Un paradigma de los nuevos ricos de la política?
“Todos los problemas de la Argentina están relacionados con la educación. El único nivel educacional que funciona es el del jardín de infantes. El resto (la primaria, el secundario, la universidad) es un desastre. Y ese desastre se palpa a toda hora. Por ejemplo, a la hora de votar. ¿Por qué? ¿Cuántos votan por el primer político que les da una botella de vino? Desgraciadamente millones”.
René Favaloro
¡Qué bien hablan los políticos de la importancia de la inversión privada! ¡Qué discursos maravillosos sobre la importancia de la educación como motor de la transformación social!
Pero en los hechos concretos, la realidad es que la educación privada está librada a su propia suerte, sin ningún tipo de apoyo, a pesar del alivio que implica para las arcas fiscales porteñas, ya que el 50% de las instituciones son solventadas por el esfuerzo privado.
Y la educación pública está, en sus contenidos, a años luz de lo que debería ser la formación integral del ciudadano de este nuevo siglo.
Una frustración más para agregar a la larga lista de frustraciones nacionales: la inexistente gestión del actual Ministro de Educación, Daniel Filmus.
El clientelismo político sigue a la orden del día.
Se habló hasta el hartazgo de reformar la política.
Se exigió con vehemencia “que se fueran todos”, como lúcido diagnóstico de que para que la democracia funcione, hay que barajar y dar otra vez.
Pero no se fue nadie.
Siguen los mismos de siempre, y los que estaban callados porque les convenía y hacían sus negocios, ahora se despiertan y vuelven a escena para reclamar su tajada.
Hasta los “gordos” de la resurgida corporación sindical vuelven en una “remozada” CGT que vio invadido su espacio de reclamo social de mano del fenómeno piquetero.
Detrás del tejido de esta nueva urdiembre están Gerardo Martínez, del sindicato de la construcción, y el gastronómico Luis Barrionuevo, aquél que en un rapto de sinceridad dijo hace unos años que “si en Argentina dejamos de robar por dos años, el país sale adelante” (SIC)
“La salud tiene un alto contenido social. Mientras la gente siga viviendo en pocilgas, no hay solución”
René Favaloro
El Dr. K anunció un importante Plan de Viviendas, de montos históricos. Me parece fantástico en la medida que las licitaciones sean diáfanas y alejadas de coimas, corrupción, negociados y componendas, y que haya permanente control de gestión por parte del Estado.
Me hubiera gustado más que la cifra de casas a construir hubiera sido cuatro veces superior.
La construcción de viviendas es el primer escalón hacia la dignidad humana, hacia la reconstrucción de un país que era ejemplo de desarrollo y educación, y hoy tiene la mitad de su población en la pobreza y casi diez millones de ellos en la indigencia absoluta a merced de las lacras más terribles y degradantes: hambre, marginación, alcoholismo, drogadicción, prostitución infantil y campo propicio para el cultivo y desarrollo de la delincuencia en todas su facetas: robos y secuestros sin ningún respeto por la vida humana.
“La corrupción no es solamente la coima, los funcionarios ladrones, el narcotráfico y el lavado de dinero. Corrupción es también mantener las universidades en un estado calamitoso, una televisión en donde sólo hay alaridos y violencia; la injusticia social, la desocupación, la marginalidad”.
René Favaloro
Si bien haber vendido y malvendido todos nuestros intereses estratégicos es algo terrible, no menos terrible es lo que hay debajo del iceberg: inseguridad, desesperanza, marginalidad e ignorancia.
La solución a los problemas de nuestro país se da con incremento de la producción, el empleo, la convivencia organizada, al funcionamiento de las instituciones con empleados probos, y para eso se requiere un cambio cultural.
¿Y quién nos garantiza que los honestos ocuparán las bancas de diputados y senadores, las intendencias y gobernaciones, cuando la política siempre ha sido campo de acción de los inescrupulosos?
¿Qué rol juegan los medios de comunicación -como la TV- en este imprescindible cambio de esquemas mentales? Ninguno.
“Me voy con la preocupación de una sociedad cada vez más injusta, en donde unos pocos gozan hasta el hartazgo, mientras la mayoría vive en la miseria y la desocupación. Estoy convencido de que a esta sociedad consumista, cegada por el mercado, la sucederá otra que se caracterizará por el hecho trascendente de que no dejará de lado la justicia social y la solidaridad. Éste es el mandato más importante que ustedes tienen para el futuro”
René Favaloro
La hipocresía parece ser uno de los patrimonios en ejercicio más comunes del linaje humano. No voy a referirme a ciertas hipocresías mundiales, porque basta ver Fahrenheit 9/11 o enterarse de los manejos por parte de Aznar de los dineros públicos españoles para acceder a una medalla del Congreso de los EE.UU.
Me refiero a la hipocresía de nuestros compatriotas, que se alzan contra la injusticia que repercute en ellos directamente (los ahorristas ante el corralito y la pesificación de sus dólares, por ejemplo) pero a quienes no se les mueve un pelo ante lo que no les influye directamente: niños que son prostituidos o se prostituyen para comer; niños que trabajan y no se educan; gente desnutrida y hambre en el país de las vacas.
Me refiero a la hipocresía de nuestros compatriotas que reclaman la llegada de inversores extranjeros que confíen en nuestro país y nos ayuden a reactivar las industrias, el empleo y el crecimiento nacional, cuando ellos tienen su propio dinero (ciento cuarenta mil millones de dólares) en cuentas de bancos off shore, y no piensan ni por asomo en traerlo.
Estamos como estamos, porque somos como somos. Por nuestra falta de interés por controlar la gestión de nuestros mandatarios. Porque como bien decía Borges, allá por 1946, “El argentino, a diferencia de los americanos del norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse a la circunstancia de que en este país, los gobiernos suelen ser pésimos”
“La crisis en el sistema de salud es un problema serio que irá empeorando si no se toman medidas en el corto plazo. Los índices de mortalidad infantil, pobreza y bajo nivel educativo, reflejan que el país ha retrocedido en estos temas claves”.
René Favaloro
¿Cuál es el camino del éxito para un país como Argentina? ¿El que propone Kirchner, con alianzas con Lula, Chavez y Castro, y concretar los “Estados Unidos del Sur”, favoreciendo el desarrollo regional, y estableciendo alianzas comerciales con países no tradicionales como China? ¿El que propone López Murphy, de seguir un camino como el de Chile, que ha crecido vertiginosamente en los últimos veinte años, sin alejarse sino integrándose con los países ricos del planeta?
¿Las posturas de Kirchner y Murphy son éticas?
¿Existe todavía una visión de “derecha” y una de “izquierda”, o en última instancia lo importante es ver de qué manera se defienden los intereses estratégicos nacionales y regionales, haciendo alianzas y tratados comerciales con los países que soberanamente se decida, sean del cuño ideológico que sean?
¿Qué es el “progresismo”?
¿La inacción ante la alteración del orden público y los desmanes, para evitar ser tildados de “represores”, o el hacer respetar la Ley y las instituciones?
¿No será ser más progresista, por ejemplo, abocarse a generar empleo?
¿Qué pasaría en EEUU o España si un grupo de activistas hubiera intentado ingresar por la fuerza en la sede del poder Legislativo?
A cuatro años de la muerte de Favaloro, el Maestro sigue salvando vidas por medio de quienes aplican sus técnicas, y nos deja este testamento moral que vale la pena tengamos todos presentes, políticos incluídos, sean de “derecha” o de “izquierda”:
“Dejo diez reglas de oro para los jóvenes: honestidad; culto a la verdad; defensa de la libertad; lucha por la democracia; solidaridad; responsabilidad y compromiso en todos los frentes; lucha por la dignidad del hombre; pretender una vida mejor en la Tierra; bregar por la unidad latinoamericana y entender que nada, nada se consigue sin esfuerzo”
René Favaloro
Por todo esto, nosotros, que formamos parte de una sociedad con tan poca memoria, no nos olvidemos de Favaloro.
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35. Avatares de un argentino en EEUU
Bernardo se había resistido a emprender ese viaje al país más poderoso del mundo porque el hecho de que su hijo Julián viviera allí era sentido por él como una pérdida irreparable, quizás la más dolorosa entre tantas otras que se habían producido en Argentina después de décadas de desgobierno que fueron provocando una continua destrucción de la República.
Desde que tuvo uso de razón, la nación, en vez de crecer, se fue deteriorando paulatinamente en lo económico, lo ético, lo social, lo cultural.
La Argentina que había inaugurado el Siglo XX como uno de los siete países más poderosos y pujantes del planeta, abandonaba el siglo con la mitad de la población en estado de pobreza, con una sociedad en un pavoroso estado de decadencia, pletórica de miserias físicas y morales.
Sucesivos y alternados gobiernos democráticos y de facto, sólo habían atinado a echarle la culpa a las administraciones anteriores por “la herencia recibida”.
Pero la realidad era que año tras año, década tras década, la corrupción y la inoperancia de los gobernantes de turno y de la propia sociedad, siguieron creciendo a ritmo descontrolado hasta herir de muerte al país.
Bernardo era un tipo reflexivo y no se comía el cuento de que los únicos responsables de la debacle nacional eran los políticos y demás gobernantes que el país había sufrido desde que él era chico.
Alguien había golpeado a la puerta de los cuarteles; alguien había votado a los artesanos del discurso que prometieron el oro y el moro bajo la bandera de la ética, o a quien reclamaba -a una sociedad sumisa y embelesada porque supuestamente ingresaba en el “primer mundo”- que lo siguieran porque no serían defraudados, mientras desaparecían las industrias, las empresas del estado, los empleos y el país.
La cereza del postre había sido la partida de su hijo en busca de posibilidades que Argentina no le ofrecía.
Pero sinceramente ¿qué otra alternativa le quedaba a Julián ante un lugar en donde no podía proyectar un plan de vida previsible ni contar con oportunidades de desarrollo profesional?
Bernardo había despedido, hacía un año en Ezeiza, a un hijo que estaba casi al borde de la depresión por la imposibilidad de tener un futuro en su propia patria, y había encontrado una luz de esperanza en los Estados Unidos, al lograr primero la pasantía y luego el trabajo que tanto anhelaba en una poderosa empresa de software. En los e-mails, y a través del MSN, se escribía con otra persona: un Julián que había recuperado el humor.
Por eso ahora, un año después, aunque a regañadientes, había aceptado el pedido de su hijo para que lo fuera a visitar a Dallas.
Quizá influído por ese prejuicio setentesco tan en boga hoy en día en las esferas del poder, Bernardo veía de reojo, hasta con rencor, a “la nación imperial que le había robado a su hijo”, pero no obstante, emprendía el viaje porque la necesidad de verlo era superior a su absoluta discrepancia ideológica con la política exterior norteamericana, y no era cuestión de mezclar los tantos.
Como muchos argentinos, Bernardo había viajado a ese país en dos ocasiones, en dos épocas de paridades ficticias: en la del “déme dos” de Martínez de Hoz, y en la del “uno a uno” de Domingo Cavallo. La impresión que le había causado su raid por Miami no había sido para nada relevante, ni a favor ni en contra.
Pero esta vez, como si la tercera fuera la vencida, las sorpresas se fueron sucediendo una tras otra.
La primera fue que al llegar al aeropuerto de Dallas-Fort Worth, Julián estaba acompañado por Susan, una hermosa joven de acento texano que le resultó difícil de entender a pesar de que su inglés no era malo.
La segunda fue el fabuloso auto alemán que su hijo había comprado y que según sus cálculos, en unos dieciséis meses terminaría de pagar.
Julián le explicaba en el viaje del aeropuerto al condominio en donde vivía, que la economía norteamericana, de alguna manera, se sostenía en el consumismo y el endeudamiento, y que la mejor manera de hacer patriotismo era comprando cosas, porque así se activaban las industrias y se aseguraban los empleos.
Esto último le sonaría contradictorio ante la impresionante cantidad de productos “made in China” que vería días después en los escaparates de todo tipo de negocios.
El primer llamado de atención de su hijo fue para que se pusiera el cinturón de seguridad, algo que está reglamentado en ambos países, pero que obviamente en Argentina no se respeta.
También le extrañó que ningún automóvil se saliera de su sendero en la autopista y en las calles, y le vino la imagen de un domingo cualquiera por la tarde por Panamericana hacia Buenos Aires, donde ir zigzagueando por las sendas parece ser la norma de la mayoría.
Las señales de stop se le antojaron directamente imposibles de cumplir por el argentino medio.
Eso de tener que parar en una esquina unos segundos, aunque no circulara ningún auto por la calle que había que cruzar, le pareció hasta exagerado.
Pero días después, se maravillaría al ver el orden con que pasaría primero un auto, después otro, en un esquina donde se había descompuesto el semáforo y había cientos de automóviles cumpliendo con ese rito de respeto mutuo.
Una vez llegados al apartamento de Julián, ubicado en un tranquilo condominio que contaba, entre otras facilidades, con piscina y con un amplio parque con canchas de tenis, voley, y para practicar el boom del frisbee, Bernardo empezó a apreciar los beneficios de la globalización y del progreso tecnológico en el primer mundo.
Por lo pronto, en el televisor de 46 pulgadas, alta definición y pantalla plana de su hijo e imposible de comprar en Argentina, podía ver -por ejemplo- los partidos de fútbol del torneo Apertura, recién iniciado.
Precisamente cuando fue al cuarto de huéspedes a cambiarse la remera, Julián estaba frente a su computadora de pantalla de plasma pagando vía Internet la última cuota del televisor (eran 12 cuotas mensuales sin interés), y el abono mensual del cable que le permitió tener un contacto mediático con Argentina, y hacer más llevadero el autoexilio.
Su hijo le contaba cómo pagaba por Internet todas sus cuentas: la luz, el teléfono y la tarjeta de crédito. Para depositar dinero y cheques, le comentó de un sistema que luego vería con sus propios ojos: se estaciona en un espacio a unos 10 metros de las ventanillas de los cajeros del banco, sin bajarse del auto se toma un cilindro plástico en donde se coloca el cheque o el dinero, se coloca el cilindro en un receptáculo, se aprieta un botón, y por un sistema de aire comprimido el cilindro llega a la caja.
Una vez procesada la documentación, regresa por la misma vía con los recibos correspondientes. No hay colas para ninguna cosa, se gana tiempo y se evitan esfuerzos inútiles.
Ir al supermercado fue también toda una experiencia que impactó vivamente a Bernardo.
En primer lugar, la posibilidad de acceder a una impresionante variedad de productos de todo el mundo, incluidas afamadas marcas argentinas de todo tipo de comestibles: dulce de leche, tapas de empanadas, vinos y alfajores.
En segundo lugar, un sistema que Bernardo pensó honestamente que sería impracticable en la Argentina actual, ante la mal llamada “picardía criolla”: cada cliente elegía el producto, lo pesaba, tecleaba el código correspondiente y recibía de la máquina y pegaba en la bolsa la etiqueta adhesiva con el precio, ponía las bolsas con frutas y verduras en el carrito, y al salir, en vez de ser atendido por una cajera, pasaba cada bolsa por una lectora de código de barras, deslizaba su tarjeta de crédito, firmaba en una pantalla digital aceptando el importe de la compra, y se retiraba sin haber sido controlado por ningún ser humano.
Se le ocurrió pensar cuántos argentinos estarían cívicamente preparados para usufructuar un sistema así.
Así fue cada día de su estadía.
Sorpresa tras sorpresa.
Infinidad de detalles que hablaban con contundencia de la enorme cultura cívica de una población.
Por caso, fue a Blockbuster a buscar un par de películas en DVD, y mientras miraba los títulos en los estantes, una persona pasó delante de él distraídamente, y al darse cuenta que le había interrumpido por unos segundos el contacto visual entre él y el estante con los títulos, se deshizo en disculpas y pedidos de perdón.
En el condominio era moneda corriente que la gente lo saludara aunque fuera la primera vez en la vida que lo veía, y observó que cada auto que pasaba dentro del predio a paso de hombre, frenaba cuando cualquier peatón cruzaba las calles interiores, para permitirle el paso.
Un fin de semana se festejaba el cumpleaños del hermano menor de Susan, y era una excelente ocasión para conocer a sus futuros consuegros.
En el trayecto a la casa que quedaba por un barrio llamado University Park, vio a las familias en la calle: los chicos andando en bicicleta con sus padres o jugando en la vereda sin temor alguno, y recordó imágenes similares de su niñez, allá por los sesenta, en donde también en Argentina se podía estar en la calle y en la vereda sin problemas y hoy son espacios que se han perdido debido a la inseguridad.
Ya en la casa del cumpleañero, le extrañó que sus amiguitos llegaran sin regalos.
Se lo hizo notar a Julián, y Susan le acercó, a pedido de su hijo, la tarjeta de invitación que decía: “Para mi fiesta te pido que en vez de traerme un regalo, compres un libro para la biblioteca de nuestra escuela”.
Bernardo quedó shockeado al enterarse del gran compromiso solidario que tienen las familias con sus respectivos colegios públicos o privados, participando en numerosas actividades, y generando fondos para sostenerlos ediliciamente y en contenidos didácticos.
Esta actitud cívica también se vivía en las empresas.
Susan le contó que el colegio de su hermanito había renovado recientemente el plantel de computadoras del departamento de informática educativa, gracias a una donación hecha por una importante empresa del rubro informático.
Otro fin de semana fueron al Cowtown Coliseum de Fort Worth, a ver las típicas escenas de los rodeos: cada vaquero tratando de durar más de ocho segundos montado en un toro, o enlazando y maniatando un ternero en el menor tiempo posible.
Pero lo que le llamó la atención fue la unción con que recibieron de pie a la bandera de su país llevada por una erguida y esbelta jineta, y el respeto con que escucharon y cantaron su himno nacional, con la mano derecha sobre el corazón.
También cómo los chicos participaban activamente en la fiesta de los rancheros.
Unos sesenta niños, muchos de ellos ataviados con ropa vaquera, ingresaron a la arena al llamado del conductor del espectáculo.
A la señal de largada, corrieron a un ternerito que en la cola tenía una cinta de color que debían agarrar para ganar un premio.
Identidad, sentido de pertenencia, respeto, orden, organización, obediencia absoluta a las leyes y reglamentos, cultura cívica…
¡Cuántos valores que no veía en su querida Argentina, eran moneda corriente en el lugar al que su hijo había ido en busca de un futuro!
Un día de su corta estadía en Dallas, Bernardo se quedó solo en el apartamento de Julián.
Y en la soledad y a la distancia, lloró.
Lloró de bronca, de indignación, de dolor, de angustia por el país que Argentina pudo ser y nunca es.
En pocos días volvería a ese infierno tan querido de la Buenos Aires insegura y lastimada por la violencia y la desesperanza, el infierno del país decadente y degradado, el de las deudas pendientes: cívicas, morales, éticas, políticas, económicas, sociales.
Otra vez se encontraría con la habilidad discursiva de los funcionarios de turno, que “con una mente brillante y una lengua veloz, pretenden explicar lo inexplicable”, como con maestría los definió Susana Chauia, la madre del enésimo secuestrado argentino, el joven Nicolás Garnil.
Otra vez estaría en el país de los legisladores que ahora están como pintados y se desgarran las vestiduras henchidos de nacionalismo mientras que años atrás votaban sin con entusiasmo las leyes que permitieron la venta de nuestro patrimonio en gas, petróleo, energía eléctrica, industrias estatales y siderurgia.
Pero más allá de todo, pensó Bernardo, Argentina merecía el esfuerzo de tanta gente que harta de tanto descontrol se estaba empezando a rebelar desde el activismo pacifista, para que de una vez por todas se concreten las reforma del Estado y de la política, para que los infames que no cumplen con el mandato popular estén en la cárcel y no en un cargo público, y para que algún día, lo antes posible, en vez de ser el país de la diáspora, nuestra patria se convierta en un lugar digno en donde el esfuerzo sea valorado, en donde los honestos no paguen más el pato de la fiesta de los corruptos de siempre, y en donde se puedan concretar los proyectos de vida de jóvenes como su hijo.
Un país que reciba en vez de expulsar.
Un país que haga tangibles las esperanzas, en vez de sembrar la desesperanza.
Un país creíble.
Un verdadero país.
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36. Carta Abierta al Presidente
Excelentísimo Señor Presidente de los argentinos:
Un estadista, un verdadero estadista, es aquel que -además de comprender la realidad del presente- sabe mirar más allá de la coyuntura y problemática cotidiana, y tiene una clara visión del futuro, del camino a seguir y de las metas a alcanzar.
Un estadista es eficiente y no efectista.
Sabe que ha sido electo pero no se siente un elegido.
Y antes de regalar pescado, enseña a pescar.
Un estadista no gobierna con decretos de necesidad y urgencia, sino que brega por la libre interacción de las instituciones y poderes republicanos.
Un estadista cuenta con equipos interdisciplinarios altamente capacitados que desarrollan y ponen en la práctica planes estratégicos en materia de cultura, educación, salud, seguridad, vivienda y desarrollo industrial, pensando el país de los próximos cinco, diez, quince o veinte años.
Un estadista es prospectivo antes que retrospectivo.
Se ocupa del futuro antes de preocuparse por problemas del pasado trayéndolos al presente y reavivando heridas.
Y si utiliza la retrospectiva, sólo lo hace para sacar conclusiones integradoras, evitar cometer los mismos errores que se cometieron antes, y rescatar y aplicar medidas de probado éxito.
Un estadista es aquél que sabe que en su rol de primer mandatario, por acción u omisión, influye decididamente en el curso de la historia de su país.
Sus aciertos benefician y sus errores condenan a millones de personas.
De un estadista cabal, sólo se esperan aciertos.
Un estadista no habla en primera persona, sino desde el “nosotros”, porque sabe que su éxito depende de todos, tanto del equipo que le da sustento teórico y aplicación práctica a su propuesta de gobierno, como de todos los ciudadanos que desde su lugar de trabajo, desde sus familias, contribuyen al engrandecimiento de una nación.
Con una deuda externa monstruosa, con los precios de la canasta familiar en alza, con el país en cesación de pagos, con disminución en el poder adquisitivo de los salarios, sin radicación suficiente de empresas e industrias, ni inversiones extranjeras que apuntalen el desarrollo tecnológico e industrial, con compromisos internacionales no cumplidos, con un país en crecimiento con la necesidad que esto implica de contar con combustibles y energía, solamente un primer magistrado que además sea estadista, puede conducir la nación por un rumbo seguro.
Tal el panorama que se le presentaba a principios de 1958 al último estadista que tuvo nuestro país.
Tal el panorama que en esta penosa historia circular, se le presenta también a Usted, actual presidente de los argentinos, que si bien llegó a la primera magistratura con un exiguo porcentaje de votos, goza de un amplio consenso, en parte porque su discurso y sus actitudes son de defensa de nuestros intereses nacionales, y en parte porque las argentinos tenemos la necesidad de creer que todavía podemos alentar la posibilidad cierta de ser un país creíble, de que la corrupción no siga adueñándose de nuestra realidad, y de que todavía podemos tener un futuro digno como nación independiente y soberana.
Con Frondizi, y merced a la presión de intereses económicos e ideológicos internos y externos, el país perdió la última ocasión durante el siglo pasado, de ser definitivamente un país desarrollado, culto, independiente, creíble, como lo son hoy muchos países del primer mundo.
Está en Usted, señor Presidente, aprovechar esta oportunidad que le brinda la historia, de modo de no perder la posibilidad de conducir a la Argentina a ese destino de grandeza que hasta ahora sólo ha sido retórico.
Su énfasis retrospectivo lo llevó a reavivar la dolorosa problemática de los años setenta.
Seguramente hubiera sido mejor para el país haber vuelto sus recuerdos diez años más atrás, precisamente a la época de Arturo Frondizi.
Recordar cómo se vivía en nuestra patria a principios de los sesenta suena a cuento, a la luz de esta otra Argentina sumergida en el pantano de la inseguridad, la incultura y el deterioro más profundo de la historia en toda su trama social.
En cada ciudad, en cada pueblo, en cada familia, el respeto y el orden eran la regla y no la excepción.
Papá era papá, mamá era mamá, y la maestra, el empleado de banco y el policía, eran personas respetadas como paradigmas sociales y ejemplos a seguir.
Los chicos aprendían a no derrochar y todos tenían por eso su libreta de ahorro, y no estaba en los almacenes de barrio el cartel de “No se fía”, porque si bien no existía la tarjeta de crédito, sí había una libreta en donde el almacenero de la esquina anotaba las compras de mamá, que se pagaban religiosamente cada mes.
Había estabilidad suficiente como para que la gente pudiera planificar su futuro.
No existía la presencia hegemónica de la música en inglés ni la cumbia villera, pero nuestros padres disfrutaban los tangos interpretados por Julio Sosa y los chicos nos entusiasmábamos con cada nueva zamba que aparecía, y el furor por el folclore hacía que en la escuela armáramos nuestros propios conjuntos a puro bombo y guitarra.
Los desfiles del 25 de mayo y del 9 de julio eran una fiesta ciudadana y el sentimiento de identidad y pertenencia era la forma lógica de expresar el orgullo de ser argentinos. En ese entonces, lo más importante era el respeto por la Ley.
A usted le ha tocado conducir un país que está y estará hipotecado por generaciones.
Aunque se logren importantes quitas, los nietos que aún no tengo nacerán en este suelo con su cuota-parte de una ominosa deuda externa que ni ellos ni sus padres contribuyeron a contraer.
Después de gobiernos de facto alternados con democracias débiles, a los argentinos nos queda claro que la democracia es la mejor forma de gobierno posible, pero al evaluar la evolución de nuestra calidad de vida después de estos últimos veinte años de alternados gobiernos peronistas y radicales, también nos queda claro que una cosa es la forma de gobierno, y otra cosa la forma de gobernar.
Usted invirtió, hasta ahora, buena parte de su gestión en una intensa y degastante presencia mediática que continuaron sus adláteres más conspicuos y fidedignos.
Un discurso enfático, vehemente transversalista, a la defensiva y beligerante a la vez, contra enemigos reales e imaginarios.
Los argentinos honestos y que aman su país, entienden que el esfuerzo principal de un estadista debe orientarse a la solución de los problemas más acuciantes, gestionando con sabiduría y llevando adelante planes de gobierno transformadores para el corto y largo plazo.
Que no le quepa duda que cada vez que tome medidas que defiendan nuestra dignidad y nuestros intereses estratégicos nacionales, brotarán como hongos después de la lluvia los enemigos propios y ajenos para atacarlo con su envolvente retórica.
Pero tampoco tenga dudas de que cada vez que equivoque el rumbo, que no veamos que hay un plan estratégico claro y en marcha en materia de salud, educación, seguridad y en todos aquellos temas que son sensibles a la sociedad, seguirán surgiendo voces desairadas que no necesariamente serán las de sus enemigos, sino las del propio pueblo que le exigirá decisiones acertadas.
Un estadista no se maneja por impulsos, cediendo o concediendo sólo ante la presión de la gente manifestando en la calle.
La prospectiva que implementa todo estadista implica también anticiparse a los hechos y ejercer de algún modo la medicina preventiva en el tejido social de la nación.
Los pragmáticos norteamericanos ejercen el patriotismo de una manera muy concreta: consumiendo, porque consumiendo reactivan constantemente su economía, sus industrias y consolidan las fuentes de trabajo.
Por eso la importancia de que la gente tenga poder adquisitivo.
Por eso la importancia de un IVA bajo.
Por eso lo imprescindible del crédito accesible y a bajas tasas para comprar viviendas a treinta años, para emprender negocios e incrementar las fuentes de trabajo, para poder planificar un futuro, máxime en esta época en que los bancos, luego de hacer sus pingües negocios durante el menemato, gozan de una gran liquidez.
Poder adquisitivo es reactivación constante del mercado interno y mejor recaudación fiscal. Y es mejor calidad de vida para todos.
Por eso la importancia de apoyar a los emprendedores honestos y no someterlos al castigo de una jurisprudencia que muchas veces conspira directa o indirectamente contra el crecimiento del país, atosigando a las PyMes, poniendo en estado de indefensión jurídica a los pequeños emprendedores.
Es inadmisible que sólo en la ciudad de Buenos Aires hayan desaparecido en los últimos años más de ochenta instituciones educativas de gestión privada y que buena parte de la educación en general, esté muy lejos de formar cabalmente al ciudadano de este nuevo siglo.
¿No era que la educación es la clave del progreso de una nación y el motor de la transformación social?
A los que hacen su aporte intelectual y patrimonial en aras de la educación, ¿hay que castigarlos hasta su literal desaparición o apoyarlos desde las leyes y la política fiscal, para que ejerzan sin palos en la rueda su tarea civilizadora?
Un estadista responde al clamor del pueblo y arbitra las medidas para que se efectúen las reformas que garanticen una política transparente y no prebendaria, sin listas sábanas, sin pícaros y corruptos llenándose los bolsillos a costa del sufrimiento de la gente.
Están dadas las condiciones para que no sólo Argentina sino que también gran parte de Latinoamérica sea un área de desarrollo sostenido como tuvo en los años sesenta.
Usted tiene un ámbito tan complejo como el que se le presentó a Frondizi, pero posibilidades quizás mayores.
No es tan grande la conspiración para impedir que continúe en el poder, hay un marco regional propicio y afín a los cambios que necesitamos, y hasta sus más conspicuos detractores tienen que admitir que su gestión sabe administrar: las reservas del Banco Central superan los dieciocho mil millones de dólares y la inversión neta anual ya está casi en los porcentajes de la década del noventa, cuando llovían alegremente los dólares que ahora debemos (más sus intereses leoninos)
Pero en nuestro país hay todavía varios millones de compatriotas bajo la línea de pobreza y debe quedar claro que si retóricamente se está en contra de la política clientelística, el camino para eliminarla no es continuar con la distribución prebendaria de subsidios, planes trabajar, jefas y jefes, sino la generación genuina de empleo y la educación, enmarcados en un plan estratégico de desarrollo integral.
En síntesis, Excelentísimo Señor, los argentinos necesitamos un estadista, y está en usted pasar a la historia como tal, o ser más de lo mismo.
Para ese propósito sepa que cuenta con el aval de millones de argentinos que desde Argentina o desde el autoexilio al que los llevó un país que expulsa a sus hijos, esperan de buen gusto que su patria sea previsible y se consolide como nación soberana, del lado de los países que logran brindar a sus habitantes progreso integral, estabilidad, desarrollo sustentable y calidad de vida.
Octubre 2004
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37. Vivir en peligro
La sociedad está sufriendo las consecuencias de un deterioro ético, signo evidente de la pérdida de valores positivos.
La corrupción no es un tema exclusivo de la clase política, ya que está instalada en el seno de la misma sociedad: en los funcionarios públicos de planta permanente, en los empresarios, en las fuerzas de seguridad, en los comerciantes, en la gente.
El tema es que la responsabilidad de los políticos es muchísimo mayor, porque ellos, que son nuestros empleados, en su inmensa mayoría no han estado desde la instauración de la democracia a la altura de su misión.
La labor de muchos de ellos ha sido defender intereses ajenos a los de la gente, ajenos al bienestar general.
En todo gobierno (tanto en Argentina como en Estados Unidos, España, o cualquier otro país del globo), hay un grupo de personas y personajes, con mayor o menor grado de anonimato, que conforman un “Think Tank” o laboratorio de ideas.
Esto es una usina de interpretación de la realidad, y a partir de ella, de generación de conductas a seguir, que luego encontrarán su mano ejecutora en el político de turno.
Todos los integrantes de estos laboratorios de ideas (intelectuales, abogados, sociólogos, filósofos, economistas, astrólogos, pensadores, científicos y paracientistas de la más variada gama), se asumen como expertos en políticas públicas e interpretación de la realidad, y su percepción se convierte en la realidad misma, cuando sus propuestas y convicciones se transforman en los libretos que llevan adelante los políticos desde sus cargos de gobernantes.
En última instancia, en el teatro de la vida los políticos no son autores sino artistas que interpretan con gran soltura y eficiencia los textos que les proveen sus “Think Tanks”.
El otro ingrediente imprescindible para que su tragicomedia parezca exitosa, es el apoyo mayoritario de la ciudadanía, cuyo voto se logra manipular fácilmente con la tarea constante del generador y modelador de esa entelequia llamada “opinión pública”, que no es otro que el “cuarto poder”, o sea buena parte de los medios de comunicación en todos sus formatos y soportes.
En síntesis, la realidad no existe.
Lo que existe es la percepción de la realidad que tenemos a partir de la implementación de decisiones hechas por empleados nuestros (los políticos), que en vez de hacer lo que necesitamos, ejecutan las propuestas de estos iluminados ideólogos y analistas que deciden qué es lo que según ellos necesitamos, con la anuencia y la prédica ad hoc de muchos medios de comunicación masiva.
Si los resultados de este cóctel “ideólogo-político-media” fueran positivos, el mundo desde luego sería maravilloso, pero la verdad es que los resultados son cada vez peores.
La sociedad (argentina, española, estadounidense, mundial) vive en peligro.
La sociedad vive cada vez con mayor inseguridad.
La sociedad vive con miedo.
En el momento que estoy escribiendo esta nota, alguien en Argentina está planeando un secuestro que concretará en los próximos días, alguien está reunido en la clandestinidad para ver cómo asestarle un nuevo golpe a España por haber formado parte de la invasión a Iraq, y algún fundamentalista de la Guerra Santa está fraguando un plan para vengarse en el propio suelo del otro fundamentalista, el de la implementación de la guerra preventiva en nombre de la democracia.
¿Y qué hace el Think Tank?
Si el miedo de la gente es el emergente, se aprovecha la consecuencia en vez de atacar las causas, pues ello implicaría asumir su fracaso predictivo y prescriptivo.
El miedo es muy importante para muchos analistas de Think Tanks adictos a las visiones belicistas, porque implica futuros votos a sus proyectos de aumentar presupuestos para la defensa y para la industria de la guerra.
Por eso a través de las latitudes y a pesar de contar con problemáticas diferentes, muchos mandatarios del mundo recurrieron, recurren y recurrirán al miedo para sostener el rumbo que sus Think Tanks le marcan, aunque éste vaya en contra de los intereses de sus pueblos.
Resulta asombrosa y a la vez explica la catadura ética de muchos políticos, meras marionetas de los Think Tanks de turno, que ayer como congresales avalaron con su voto el despojo de los intereses estratégicos nacionales en medio de coimas y corrupción generalizada -tal el caso de Argentina- y hoy votan medidas que apuntan a “la recuperación de la ética pérdida.”
La hipocresía humana es infinita.
El Think Tank español de Aznar le recomendó alinearse con el Think Tank norteamericano, que le pasa letra a su excelente intérprete, el fundamentalista cristiano que revolucionó la semántica con la introducción de conceptos como “guerra preventiva” y “daños colaterales”, que en realidad significan “invadir con falsos pretextos para quedarme con el petróleo”, y “matar por error civiles, mujeres y niños inocentes”.
Para cumplir con su Think Tank, el gobierno de Aznar alineó a la prensa, mandó tropas a Iraq, y recibió la brutal respuesta de Atocha, cosa que el artero Think Tank aprovechó para que su títere de turno dijera que era la ETA, de modo de matar dos pájaros de un tiro.
Pero la opinión pública está aprendiendo a librarse de cierta “opinión publicada”, y Aznar fue arrojado del gobierno por la fuerza de las urnas.
Las erróneas decisiones de los Think Tanks norteamericanos a partir de la era Reagan, han vuelto al planeta Tierra en un sitio inseguro, y esto les juega en contra para su visión del mundo de la post Guerra Fría.
Hacen una apología de la democracia y sus virtudes, cuando en realidad utilizan toda la liturgia democrática para que sea funcional a sus proyectos.
Trasladan los beneficios de la democracia a pueblos invadidos, sin entender que hay otras culturas y otras concepciones de la vida, y se ofenden cuando estos pueblos de seres inferiores no saben aprovechar su propuesta redentora.
Y como desde el inicio de los tiempos la violencia engendra violencia, su accionar se transforma en una prolífica fábrica de enemigos.
Pero en su soberbia, eso los tiene sin cuidado.
En su fundamentalismo el tema no admite medias tintas: “El que no piensa como nosotros es nuestro enemigo”, y lo atacan como sea: con armas, con bloqueos económicos, con sanciones comerciales, comprando políticos, y/o con recetas que ni siquiera figuran en los textos de Maquiavelo.
Y si bien el tema del respeto irrestricto a las libertades individuales forma parte del ideario democrático, no queda otra que reducirlas a partir del miedo al terrorismo, para continuar imponiendo su visión en donde las grandes corporaciones del sector privado sigan llevando las riendas del país, el Estado esté reducido a su mínima expresión y se privatice todo, en donde todo siga girando en torno a la economía (tanto tienes, tanto vales), y el patriotismo se exprese con el consumo (cuanto más consumas y te endeudes, más patriota eres, porque así estarás moviendo la economía)
Y no nos engañemos: aunque esta vez se evite el fraude en Florida y gane Kerry, las cosas no cambiarán sustancialmente ni para los norteamericanos en general, ni para los latinos que viven en el gran país del Norte, ni para los argentinos, ni para los demás países del mundo.
Soñar no cuesta nada… Pero resulta utópico pensar que pueda surgir en Estados Unidos un Think Tank movido exclusivamente por valores humanos positivos, que desde la sinceridad y la humildad, por ejemplo, le haga decir al nuevo Presidente, un verdadero discurso democrático y cristiano: “Pueblos del Mundo. Queremos pedir perdón. Nos equivocamos. La violencia no es el camino. Las inmensas sumas de dinero que el pueblo norteamericano brinda al Estado a partir de su trabajo, las hemos invertido en la industria de la guerra, haciendo más ricas a las grandes corporaciones, sembrando violencia en el mundo bajo la bandera de la democracia y las libertades individuales, y haciendo a muchos pueblos más hostiles hacia nosotros, generando violencia por doquier, incluso en nuestra propia casa. Resulta patético reconocer que las personas inocentes que murieron el 11 de septiembre, pagaran sus impuestos para que nosotros alentáramos con nuestro accionar tanto odio como el que llegó a tronchar sus vidas.
Estados Unidos nació como un pueblo ejemplo de la humanidad, rescatando los valores éticos de la Democracia, pero últimamente hemos traicionado esos valores con dobles discursos, con hipocresía, sembrando el caos en todo el orbe y haciendo a nuestro propio país inseguro y coartando las libertades individuales porque no sabemos cuándo ni dónde recibiremos la represalia por nuestra conducta beligerante y por tanta muerte innecesaria.
A partir de ahora, la industria de la guerra se transformará en la industria de la paz. Construiremos sembradoras y cosechadoras en vez de tanques. Compensaremos los daños que provocamos con nuestras guerras preventivas y tantas muertes de inocentes. Ayudaremos al mundo para que podamos hacer de esta tierra un lugar sin hambre ni pobreza. Cumpliremos nuestro destino manifiesto, pero no desde la prepotencia por ser y sentirnos la nación más poderosa de la Tierra, sino desde el valor humano fundamental, común a todas las religiones y visiones éticas de la vida, común a judíos, cristianos, musulmanes, hinduistas y budistas, que es el Amor. Perdón a todos. Una nueva era comienza para la Humanidad”
En la soledad de mi estudio imagino las carcajadas de Grover Norquist, Dick Cheney, Donald Rumsfeld y de todos los ideólogos de los Think Tanks actuales, si leyeran las absurdas ideas de este olvidable y estúpido escritor y periodista latinoamericano, que desde el realismo mágico de la literatura fantástica que caracteriza a muchos sudacas, aún cree en los espejitos de colores.
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38. ¿Emergentes o Sumergidos?
Para un país que siempre fue exitista y cuyas inmensas mayorías siempre fueron adictas a las soluciones mágicas de sus grandes problemas, este resurgimiento económico argentino de los últimos tiempos pareciera ocultar como piadoso manto, la realidad de un país con una deuda que deberá renegociarse durante décadas y que nos condena a estar permanentemente sumergidos, tanto a nosotros como a nuestros hijos y nietos.
El realismo mágico es hermoso para la literatura, pero en la cruda realidad no hay que creer en cuentos chinos, sino en la cultura del esfuerzo, del trabajo, del estudio, de la investigación, del patriotismo y de la organización política y social.
Sin reglas claras, no hay honesto que aguante.
Por eso el exilio hacia países confiables.
Por eso la diáspora de tanta materia gris argentina.
Por eso la desazón de los que se quedaron para pelear por un país mejor.
Por eso Favaloro.
Desde luego los estadísticas dicen que hemos crecido sostenidamente después de que nos declaramos alegremente en quiebra, con vivas y aplausos de los legisladores en el Congreso, y que el año próximo seguiremos creciendo, pero en tanto y en cuanto esto no se refleje en la calidad de vida de la gente…
Lo que expresa este progreso nacional, en realidad es el índice del éxito que están alcanzando las grandes empresas privatizadas que posee el capital extranjero, y que otrora estaban en manos argentinas: gas, luz, petróleo, energía, minería, campos, ganado, cereales, etc.
Por otro lado, este veranito económico es común en numerosos países latinoamericanos (Chile, Perú, Brasil, Uruguay), pero lo que no es común a ellos es el default, la constante necesidad de renegociar la deuda pública, la crisis del sistema financiero, la alteración constante del orden público debido a la inseguridad, la falta de contralor eficiente de las empresas privatizadas por parte del Estado y por ende la falta de inversión en energía e infraestructura, y la necesidad de normalizar el sistema político con las tan prometidas y nunca concretadas medidas, tales como la reducción de los cargos de gobernantes para implementar menor gasto público en una "democracia de mínima expresión" eliminando tantos cargos oficiales (legisladores con legiones de ayudantes, asesores, secretarios y ñoquis), y demás variantes del exceso burocrático de gastos y principal artífice de la corrupción estructural estatal y la utilización de la política para fines particulares.
¿Democracia del, por y para el pueblo, como proponía Abraham Lincoln, o democracia como instrumento para perpetuarse en el poder cambiando cosas para que nada cambie?
¿Cuál es el plan estratégico en materia de salud? ¿Cuál es el de educación?
En síntesis: ¿cuál es el plan estratégico nacional argentino, como lo tienen Chile o China, como lo tuvo el último estadista argentino, Arturo Frondizi?
¿Dónde está la reforma del Estado, la reforma constitucional, la reforma electoral para eliminar, por ejemplo, el sistema de listas sábanas?
¿Se está trabajando en este sentido, o se está trabajando para permanecer en el poder, creando (para no perder la costumbre) nuevos frentes de conflictos dentro del mismo partido gobernante?
¿A dónde fue el superávit?
¿A estos temas cruciales?
No. Se destinó a seguir pagando religiosamente -más allá de los discursos en contrario- una deuda externa cuyo monto nunca fue revisado y corregido, a Planes Trabajar que no son otra cosa que prebendas clientelísticas para no trabajar, y a mantener el paquidérmico y supernumerario aparato estatal.
Y si no, que me lo desmientan con datos fehacientes… ¡Estaría encantado!
No entender que nuestros intereses terminan donde empiezan los intereses de los demás países y corporaciones, y que dichos intereses se expanden en la medida de que el país que está enfrente no sea patriota y no se defienda apropiadamente, es de una ingenuidad letal.
Cuando Kirchner -que sigue gozando de un importantísimo consenso popular-, trate de implementar medidas que apunten a una real transformación del país y lesione, por ende, otros intereses no nacionales, necesitará para sostener esas medidas un frente interno homogéneo que no sé si tiene.
Hay corporaciones locales que no lo ven con buenos ojos: sectores de la Iglesia, empresarios, medios de comunicación, de las Fuerzas Armadas y de la no tan aletargada oposición, que están agazapados para atacar al gobierno desde las fisuras que empiece a mostrar.
Y eso es lo que aprovecharán los intereses corporativos foráneos para evitar que Argentina levante la cabeza de verdad, sola o junto a sus hermanos de Latinoamérica, llámese Mercosur o “Unión Latinoamericana” como propone Duhalde remedando a Belgrano, Bolívar y San Martín.
Duhalde jugará un rol muy importante en los próximos tiempos, y su accionar desde el poderosísimo aparato peronista de la provincia de Buenos Aires que él domina, dependerá de cómo actúe el patagónico que llegó al poder gracias al bonaerense, y al que en su objetivo de crear poder, a veces lo loa, y a veces lo ataca con o sin sutilezas.
Para que exista una nación debe haber sentimiento nacional, y éste se evidencia cuando hay patriotismo.
El patriotismo se da cuando hay sentido de pertenencia, y cuando ese sentido existe, se ama la propia tierra. Cuando se ama la tierra, se la defiende. Defender el país es defender nuestros intereses nacionales, y no los personales, como lo han hecho los gobernantes que durante décadas usufructuaron la política en su propio beneficio.
Los años han hecho de mí un hombre cauto, luego del excesivo optimismo juvenil y la voluntad que siempre tuve de creer en los gobernantes y hacer y proceder en consecuencia.
Otra sería hoy mi realidad sociocultural, anímica y económico-financiera si no hubiera creído en mis maestros, y especialmente en los mensajes de los políticos de turno.
No lo digo desde el arrepentimiento de haber apostado a una Argentina confiable como lo seguiré haciendo, sino del dolor de sufrir en carne propia el estado de absoluto desamparo jurídico y gubernamental en que se encuentran los argentinos que dedican todo su capital económico e intelectual en aras de un país mejor.
Por ejemplo, no me hubiera comido la frustración que significó participar como hombre de la cultura en el bochornoso gobierno alfonsinista, pletórico tanto de discursos sobre la ética como de soberbia e ineficiencia administrativa.
Tampoco me hubiera comido bajo el pecado de “excesiva inocencia”, el verso de que con el menemismo entrábamos “en el primer mundo”, y el espejismo del “uno a uno”.
Y de ningún modo me hubiera fagocitado con tanto placer y emoción patriótica el mensaje preelectoral de todas las fuerzas políticas cuando decían (y siguen diciendo) que “La educación es la clave de la transformación social y el crecimiento sustentable”, mientras que en los hechos concretos, por acción y por omisión, los gobiernos de turno siguen dejando la educación en general a la deriva, a los que pusimos nuestro esfuerzo, fortuna y capacidad profesional al servicio de la educación, aliviando las arcas del gobierno.
La educación está abandonada a su suerte, y la inequidad de la distribución de las subvenciones hace que unos colegios sigan (generalmente los confesionales), y los laicos que no tengan un apoyo extranjero o de fundaciones, tiendan inexorablemente a desaparecer.
Sería suicida ponerle palos en la rueda a nuestro primer magistrado, desde luego, porque a todos los argentinos nos conviene que su gestión sea maravillosa, pero sí es preciso hacer recordar que las cosas que se prometen y no se hacen deben hacerse, que no hay que dejarse llevar por esa tendencia patológica a pensar en soluciones mágicas, y que hay cambios estructurales que son imprescindibles concretar para que dejemos de estar sumergidos mientras se nos quiera dorar la píldora diciendo que estamos “emergiendo”
Diciembre 2004
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39. ¿Y si empezamos por la Educación?
Más allá de estadísticas e índices económicos con los que se solaza el gobierno y que registran la aparente evolución del país durante la gestión Kirchner, bueno sería que se reconociera que los verdaderos parámetros de desarrollo nacional pasan por otras variables que están signadas por la calidad: fundamentalmente la calidad de la educación, y la calidad de vida, reflejada por el poder adquisitivo de la población.
Analizado nuestro país desde estos parámetros, la involución nacional es dramática. Y cuando hablamos de educación, no hacemos distingos entre la educación pública de gestión oficial o privada, porque ambas sufren la consecuencia de la carencia de un Plan Estratégico Nacional, quedando las comunidades educativas -docentes, alumnos, padres- abandonados a su suerte.
Tomemos por ejemplo a la ciudad de Buenos Aires, como caso testigo:
- Sabemos que el 50% del alumnado porteño es absorbido por la educación privada.
- El presupuesto 2005 recientemente aprobado es el mismo del año anterior (1.386 millones de pesos)
- Más de un 85% de esa cifra va a la educación de gestión oficial, y el resto, para subvencionar casi exclusivamente a la educación de gestión privada, pero confesional.
- No hay ninguna política concreta de apoyo a la educación, mientras que otras actividades sí la reciben, con desgravaciones impositivas para incentivar su desarrollo.
- Los colegios no son empresas económicas lisas y llanas, porque ante todo tienen un compromiso social: la formación integral de los futuros ciudadanos; éstos son organismos sociales antes que económicos.
- No existe en el mundo, un colegio de excelencia académica y educación de avanzada que se mantenga exclusivamente con los aranceles escolares, que apenas alcanzan para el “día a día”.
- La Secretaría de Educación, al no tomar ninguna medida de raíz, brilla por su ausencia, adscripta a la política del “que quede todo tal cual”, de modo que la gestión siga sin grandes sobresaltos, hasta terminar su mandato.
Así fue la gestión Filmus en la ciudad, repetida ahora dolorosamente a nivel nacional.
La gente del ambiente educativo, sabedora de la capacidad profesional del actual Ministro de Educación, se sorprende por esta evidente inacción. Todos se preguntan: ¿Filmus habrá quedado acorralado por un gabinete nacional en donde más allá de lo discursivo, la revolución educativa que el país necesita no está entre sus prioridades?¿Qué conclusiones podemos sacar en primera instancia?
- La educación privada le “ahorra” al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, la suma de 1.200 millones de pesos anuales, al derivar a su ámbito a la mitad del alumnado capitalino.
- Las instituciones educativas no confesionales, que en sus comunidades plurales admiten alumnos de cualquier credo, no reciben ningún tipo de subvención o apoyo estatal, a pesar de ser emprendimientos en donde sus fundadores han puesto todo su capital intelectual y económico para contribuir a una actividad fundamental para transformar el país.
- En los últimos cinco años, solamente en la ciudad de Buenos Aires, han desaparecido casi un centenar de estos colegios de gestión privada que, no subvencionados y sometidos a presiones abusivas de la AFIP (que los considera “grandes contribuyentes”), no tienen más remedio que cerrar sus puertas definitivamente.
- La Secretaría de Educación es un ámbito burocrático que consume en su área administrativa buena parte del presupuesto, y que más allá de las expresiones de deseos, poco y nada hace por mejorar la educación en los términos de un cambio de base.
- La Legislatura no avanza con los proyectos de defensa de la autonomía institucional de las escuelas, y ni siquiera tiene en carpeta proyectos de apoyo específico a la educación que sí tienen, por ejemplo, los organismos económicos privados para fomentar sus exportaciones.
- El Gobierno se preocupa por contar con una Ley de Educación Sexual, pero no se percata de que ni siquiera tiene una Ley de Educación.
A fuerza de ser sinceros, tampoco está instalado en la sociedad el tema de la educación como prioridad nacional.
Salvo los llamados de atención de capacitados educadores y pedagogos cuyas reflexiones aparecen con cierta asiduidad en los medios de comunicación, los argentinos evidenciamos una inacción para peticionar a nuestros mandatarios un cambio educativo que nos aleje de las miserias físicas y morales que se abaten sobre nuestro país y sus habitantes, y que se expresan no sólo por el estado de abandono en que se encuentra la educación oficial y privada, sino también en el deterioro educativo generalizado, reflejado por ejemplo, en el habla de los argentinos y en los gustos culturales que expresa el rating televisivo.
¿Y entonces, qué hacemos?
¿Cuál sería el mejor augurio para iniciar positivamente el año 2005?
Si queremos realmente pensar en la posibilidad de tener un país digno de vivir, no hay mejor augurio que se produzca un Pacto Social Educativo, donde absolutamente todos (sociedad, gobierno, empresas, medios de comunicación), se impongan el compromiso de involucrarse verdaderamente en un proceso de transformación educativa nacional, que implique recuperar el objetivo de la escuela, que es educar integralmente a los alumnos, capacitar continuamente a los docentes y orientar a las familias, mientras que ahora, y particularmente en el ámbito de escuelas de gestión oficial, la actividad pasa prioritariamente por atender necesidades de alimentación, higiene, cuando no temas relacionados con la violencia y las adicciones.
Los fondos públicos salen de los bolsillos de la gente, y deben volver a la gente, en este caso, transformados en educación para todos.
¿Cuál es el Plan Estratégico Nacional en materia de educativa?
Un No-Plan, también es un Plan.
Se puede hacer política por acción, inacción u omisión.
Los resultados del No-Plan están a la vista: docentes mal pagos y peor capacitados para un mundo con escenarios en continuo cambio y exigencias de recursos intelectuales cada vez mayores, alumnos con lenguaje soez que se multiplica didácticamente en la caja boba de la TV y cuyas posibilidades de inserción laboral en el futuro serán casi nulas; colegios privados que desaparecen inexorablemente hostigados por los propios organismos oficiales como la AFIP, en un gobierno que ni siquiera ha pensado en implementar políticas de apoyo a la labor cultural y educativa de gestión privada.
Desde el gobierno, a las actividades petroleras se las incentiva, a muchas actividades relacionadas con la exportación se las protege, a muchas actividades deportivas se las defiende.
En cambio a la educación laica de gestión privada, se la ataca impositivamente y se la destruye sin que a nadie se le mueva un pelo.
Retemos a nuestra imaginación.
Pensemos que Sarmiento redivivo se hace cargo hoy mismo del Ministerio de Educación.
Imaginemos su vehemencia y su puño lleno de verdades. Deduzcamos su bronca y su dolor por el estado en que se encuentra la educación del país de quien fuera considerado “El maestro de América”.
Supongamos su actitud ante la inacción gubernamental en su ahora relegada tarea de educar al soberano.
¿Quién quedaría a salvo de su aluvión moral, de su crítica despiadada, de su condena sin concesiones?
¿Los actuales gobernantes?
¿Los gobernantes pasados?
¿Los empresarios?
¿Los medios de comunicación?
¿La sociedad misma, que sabe defender sus derechos a cacerolazo limpio cuando le tocan el bolsillo, pero no lo sabe hacer cuando la condenan a un futuro lastimoso por no exigir a sus empleados los gobernantes que la Educación sea prioridad?
¡Sarmiento, volvé!
Enero 2005
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40. Seamos optimistas, y…Good Show!
Empecé 2005 con renovadas dosis de optimismo, lo cual no es poco para quien vive en el país de los sueños eternamente postergados, y en el que cotidianamente aparece alguna noticia que es una seductora invitación a bajar los brazos y pensar que Argentina es como una farmacia pobre: “no tiene remedio”.
¿La razón de tan buena onda?
Como hace dieciocho años, todos los veranos coordino un ciclo de conferencias en el Centro Cultural Pueblo Blanco de Punta del Este, un ámbito participativo y plural para la reflexión e intercambio de ideas y para la interrelación cultural regional.
En el escenario al aire Libre “Jaime Barylko” tuve esta vez la oportunidad de entrevistar entre otros a los periodistas Marcelo Bonelli y Jorge Lanata, a los escritores Marcos Aguinis y Martín Caparrós, al ingeniero Juan Carlos Blumberg (padre del secuestrado y asesinado Axel), y al Dr. Bernardo Kliksberg, prestigioso funcionario del BID, especialista en ética, y director de la Iniciativa Interamericana para el Desarrollo Social.
A cada uno le propuse no solamente hacer un diagnóstico de la realidad desde su óptica y rol, sino también avanzar en la “terapéutica”, es decir, qué se debería hacer para que nuestro país se encamine definitivamente en el sendero del progreso y de una mejor calidad de vida para todos.
Obviamente que para mi optimismo fuera creíble, tuve que guardar en un imaginario “baúl de los olvidos provisorios” varios hechos que conforman la dura y cruda realidad de los últimos tiempos. Por ejemplo no pensar en la gente que murió por hacerse administrar confiadamente inyecciones de hierro cuyo contenido estaba falsificado, en la gente que murió a causa de los idiotas que se dedican al mortal deporte de las picadas automovilísticas, en la gente que murió en Cromagnon cuando fue al recital del grupo Callejeros, en los chicos menores de cinco años que mueren cada año en Argentina por causas perfectamente evitables (cifra equivalente a treinta Cromagnones, pero que como pasa todos los años, no es “noticia”).
También debí guardar en este baúl temas como el del patrimonio nacional que ha pasado a manos extranjeras: millones de hectáreas de territorio nacional con sus reservas de bosques y de agua potable, recursos estratégicos vitales (gas, telecomunicaciones, petróleo, electricidad, minería, etc.).
Otra cosa que debí olvidar fue la siempre anunciada y nunca concretada Reforma del Estado: ni se redujo la cantidad de cargos de gobernantes (en municipios, provincias y estado nacional) con sus legiones de ayudantes, asesores, secretarios, ñoquis y demás variantes del exceso burocrático de gastos y principal artífice de la corrupción estructural estatal.
Tampoco hubo reforma constitucional ni reforma electoral.
No se eliminó el sistema de listas sábanas por partido, sustituyéndolo por otros sistemas, como por ejemplo la lista única con pluralidad de candidatos y sistema de tachas. No se eliminó el aporte estatal a los partidos políticos. No se realizó auditoría investigando el origen de los fondos utilizados en las campañas electorales. No se implementó un efectivo, eficiente y eficaz sistema de control de gestión de todos los integrantes de los tres poderes. Ni se hizo una Auditoria para la investigación integral de la deuda externa, las privatizaciones, la corrupción, el análisis del patrimonio de los gobernantes. No se implementaron mecanismos legales para combatir la corrupción y eliminar la impunidad, para hacer desaparecer las prebendas y privilegios de todo tipo y especie (como por ejemplo las ominosas jubilaciones de tantos funcionarios de los sucesivos gobiernos de facto y democráticos), analizar las partidas de gastos reservados, de viáticos excesivos, becas, pensiones graciables, subsidios, etc. etc. Tampoco se eliminaron los ATN (Aportes del Tesoro Nacional) que se han usado sin discreción desde sus orígenes para cualquier fin menos para el cual fueron pensados. No se eliminaron tampoco los mal llamados “Planes Trabajar” para reemplazarlos por programas de generación de trabajo genuino, autoconstrucción de viviendas, producción de productos y servicios, etc.
Y finalmente, acabo de poner en el baúl el increíble affaire del tráfico de drogas desde Ezeiza, que seguramente lleva ya varios años, y que involucra vaya uno a saber a cuántos y a quiénes, además de a la empresa aérea Southern Winds, que viene recibiendo anualmente un subsidio estatal de casi dos millones y medios de dólares… (O sea que nosotros pagamos esa cifra con nuestros impuestos… para que se trafique droga…)
El lector dirá con justa razón: -“Claro, escondiendo todo eso en el cajón del olvido, es fácil ser optimista acerca del futuro argentino…”
Pues yo le respondo que si no queremos que Argentina desaparezca, tenemos la obligación moral de ser optimistas, y obrar en consecuencia.
Juan Carlos Blumberg podía hacer muchas cosas: encerrarse en su dolor, deprimirse, irse del país, o tratar de olvidar, pero eligió un fin de promoción social y lucha desde la “Fundación Axel Por la Vida de Nuestros Hijos” contra la corrupción y por más seguridad para todos.
Juan Carr podía haberse dedicado a hacer plata, desarrollarse en su profesión y mejorar su situación patrimonial, pero eligió crear la ONG Red Solidaria, y la tarea que viene haciendo es admirabilísima, atendiendo las necesidades de la gente. Las actividades que está desarrollando el tercer sector (fundaciones, ONGs) en Argentina es impresionante, apareciendo en los lugares y situaciones done el Estado brilla por su ausencia.
Convengamos que este imaginario baúl es inmenso, porque si hay algo que sobran, son pálidas y malas noticias .Lo último que pongo en el baúl es algo que acabo de escuchar: en el país de tantos millones de indigentes y hambrientos (por debajo de la línea de la pobreza), se tiraron a la basura 100 toneladas de frutas de primera calidad, porque “no se la pudo procesar y comercializar”
Esto pasó recientemente en Los Antiguos, provincia de Santa Cruz, y ha pasado en otras ocasiones en la mesopotamia, con los cítricos.
Pues bien.
Despojados artificial y psicológicamente de tantas malas noticias, ejercitemos nuestro renovado optimismo, de cara a 2005, y veamos qué cosas positivas están sucediendo…
Por empezar, hay una ligera caída del desempleo.
El país creció más de un 8% durante 2004, y parece que seguirá en esos niveles.
La producción industrial subió.
El canje de la deuda apunta a ser exitoso.
La industria turística está creciendo significativamente. El presidente sigue contando con un mayoritario apoyo, a juzgar por las encuestas, y es bueno sentirse avalado para la toma de decisiones. Pareciera que Argentina está levantando la cabeza, y negociando sus compromisos crediticios con ejercicio soberano, desde una postura mucho más digna que en gestiones anteriores.
Si bien se ha pagado más que antes, la estrategia supone negociar con nuestras propias reglas, y no con las reglas de juego del fondo monetario que no es otra cosa que un instrumento al servicio del negocio financiero mundial y de las empresas multinacionales.
Pero lo que es más significativo de todo, no es patrimonio del gobierno sino de la gente, y me refiero a su voluntad de ejercer un rol mucho más participativo en el control de gestión de sus gobernantes, en el reclamo de sus derechos, en la exigencia de cambios sociales.
Un pueblo participativo y activo no puede ser manipulado por el gobernante de turno.
La sociedad civil se está poniendo los pantalones largos, y ese es un evidente signo de madurez cívica. Y este parece ser un camino de ida. La gente no se calla.
La gente sale a la calle para reclamar sus derechos.
Para exigir justicia.
Para denunciar la corrupción.
Para reclamar cambios.
La sociedad está harta de los que usan el sistema democrático, no para el bienestar popular sino para mejorar sus ingresos personales por mecanismos espurios.
Como bien dice Bernardo Kliksberg, cuyo libro “Más Ética, más Desarrollo” recomiendo con entusiasmo, “hay una sed de ética en nuestro país y en América latina”, y enhorabuena que así ocurra. Esto si que alienta el optimismo.
La sed de ética es el arma más poderosa para combatir sistemáticamente la corrupción, para hacer control de gestión de nuestros empleados los intendentes, gobernadores, legisladores y ministros, y para exigir a cacerolazo limpio que se reforme el Estado.
Vivir en Argentina es para quienes tienen sed de ética y justicia, un maravilloso desafío, porque si bien algo se ha hecho, quedan infinidad de cosas por hacerse… Por eso, quien lo ve de este modo, vivirá muchas situaciones, menos el sentirse aburrido…
Por eso, la consigna es tomar las cosas con paciencia y optimismo, ser inclaudicables en el reclamo de justicia y en la lucha cotidiana contra la corrupción, y tener la enorme satisfacción de que nuestras vidas sólo adquieren trascendencia cuando superamos el individualismo y pensamos en función de nuestro destino colectivo.
No es malo salvarse uno y su familia (así piensan los que tienen su dinero en banca privada de paraísos fiscales off-shore), pero es mucho más ético y patriótico y solidario y edificante y significativo y digno, trabajar para que nos salvemos todos como sociedad, como país.
Por eso, seamos optimistas, y como decía el recordado Tato Bores… ¡Good Show!